21 de mayo de 2011

JAIME BAYLY Y EL MISTERIO DE ALMA ROSSI

                                    La portada de "El misterio de Alma Rossi"
                                     

                                                                           
                                                      Santiago                                                                                 
                            
                                
                                           El balneario de Zapallar                          

                                                                          

El misterio de Alma Rossi es el críptico título de la segunda novela de la trilogía Morirás mañana del conocido escritor peruano, Jaime Bayly; novela que ya se está vendiendo con gran éxito en las librerías limeñas. Como Bayly es un escritor conocido y querido en ambas orillas (aunque le duela a muchos), supongo que esta reciente entrega ya debe estar circulando en otras latitudes, especialmente en los países de habla hispana.

El misterio de Alma Rossi es una breve e intensa novela que relata las peripecias de un sofisticado escritor peruano convertido en asesino serial. El protagonista principal, como en la primera entrega (El escritor sale a matar) es Javier Garcés y su máximo objetivo será la aniquilación de la atractiva y sensual Alma Rossi, el amor de su vida, la cual, si alguna vez lo amó, ahora lo rechaza y por eso Garcés ha decretado su muerte. Mientras logra ubicarla, Garcés decide “matar el tiempo” dedicándose a asesinar a una media docena de personas que él estima que, por el daño que le han ocasionado durante sus ocasionales visitas a Chile, merecen morir. Y así, uno tras otro irá cayendo de diferente manera, hasta que por fin, el hombre y la mujer se encontrarán en un espacio cerrado del cual los dos o uno saldrá vivo. 

En esta oportunidad, Bayly escoge a Chile como escenario para echar a andar a sus personajes y página tras página nos lleva a La Serena, a Santiago, a Viña del Mar, a Reñaca y Zapallar, y otros lugares que lamentamos olvidar; haciendo que el protagonista (¿y sus lectores?) vaya(mos) y venga(mos) de un lugar a otro, continuamente. No hay tiempo para abrir las maletas y echarse una siesta. Es que esta novela ha sido escrita para leerse de un tirón.

La ficción ocurre en dos mundos (el real y el mundo interior de sus personajes, especialmente de: Javier Garcés y Alma Rossi). A cada momento Bayly nos hace entrar al cerebro de estos sujetos y todas sus intimidades, incluso las reservadas para el Sancta Sanctórum nos son reveladas.

La novela está escrita principalmente en la primera persona (yo), en tiempo presente, pero la ágil pluma de Bayly hace saltar al narrador cuando estima oportuno a la tercera persona (él) y a veces a la segunda (tú). También narra en tiempo pasado. Bayly introduce una novedad: a su narrador en primera persona Javier Garcés le da facultades de omnisciente, lo cual siempre ha sido asignado al narrador en tercera persona. En suma, Bayly es un conductor de fórmula uno que no respeta ninguna señal de la literatura convencional y que, curiosamente, al final gana la carrera. Es decir los lectores quedan satisfechos.

Bayly hace eficaz uso de frases cortas. A veces dos o tres palabras le bastan. Y cual balas, las emplea para lograr el efecto deseado. También merece un fuerte aplauso por sus diálogos. Nada está demás, todo es pertinente. 

Sin duda, Jaime Bayly es un conocedor de la condición humana. Tantos años viajando e interrelacionándose con gente de distintas nacionalidades e idiosincrasias le han afilado esa aptitud. Aunque por momentos sus protagonistas pueden parecer exagerados, en otros instantes son de una conmovedora humanidad. El misterio de Alma Rossi es una mixtura de novela policial, de amor y desamor; de momentos serios y momentos lúdicos (hasta carcajeantes). Bayly debe haber reído y llorado mucho al escribirla.

4 de abril de 2011

UN LONCHE CON BRYCE ECHENIQUE

                                                                                                   
Gonzalo Mariátegui, Alfredo Bryce Echenique y Manuel Bentín


En este momento soy presa de un virulento resfrío y entre estornudo y estornudo con gran esfuerzo escribo esta nota.

Resulta que el jueves pasado, por gentil invitación del escritor Manuel Bentín (conocido por sus amigos como “Manongo”) concurrí a La bonbonniere a tomar lonche en compañía de algunas de las personas más simpáticas e inteligentes de Lima. Allí estaban por orden alfabético: Federico “Fico” Camino (filósofo y humanista), José “Pepe” Montoya (poeta y cuentista) y Juan “Juanito” Thorne (hombre de mundo y ameno conversador).

La cita fue fijada para las 6:30 PM, hora adecuada para un tradicional lonche limeño. Para los que no conocen la palabra “lonche” les hago presente que éste es el equivalente de la “merienda” española (entre 5 y 8 PM) o el afternoon tea inglés (entre 3 y 5 PM).

Lamentablemente, la estupenda costumbre del lonche ha ido desapareciendo de las costumbres limeñas, pero mi amigo Manongo, como buen limeño que es (…y vaya que quedamos pocos limeños) no se resigna a ello por lo que nos convocó para tomar lonche y disfrutar de una amena charla. ¡Bravo, Manongo!

Uno a uno fuimos llegando a La bonbonniere, a aquel salón de té sanisidrino (o debo decir: ¿sanisidreño?) el cual, mediante raro encanto, en su perímetro ha logrado congelar el tiempo en cualquier fecha de la década de 1950, cuando todo era más fácil y nadie hablaba del inexistente o desconocido calentamiento global.

Hablamos de literatura: destacando lo destacable, aplaudiendo lo plausible e informando de las últimas novedades en librerías.

Serían las 8 PM y la conversación estaba en su momento culminante cuando furtivamente hizo su ingreso al salón el famoso novelista y cuentista, Alfredo Bryce Echenique, quien no tardó en sentarse en una distante y oscura mesa, pero Manongo que estaba estratégicamente ubicado en nuestra mesa distinguió al autor de tantas premiadas novelas y libros de cuentos.

De inmediato, Manongo, con alegre voz, invitó a Bryce a que se uniera a nosotros, iniciativa que fue secundada por los demás contertulios. Todos éramos lectores de su obra y con excepción mía, que no había estudiado con él, los demás habían sido sus compañeros de banca en el colegio Santa María.

En realidad de verdad (como diría mi recordada maestra Dra. Ella Dunbar Temple) en el Perú nada hermana más que haber estudiado en el mismo colegio y ni qué decir si se ha estudiado en el mismo año. Esta coincidencia los convierte en miembros de la misma logia, es decir, en hermanos para siempre.

El escritor, dando mil gracias intentó eludir la invitación arguyendo que estaba resfriado, que había regresado a la capital de la frailera soledad de su casa de playa y que había avanzado hasta la página 300 de su próxima novela. Nos dijo que la casa alquilada resultó ser de madera y las inesperadas lluvias nocturnas le habían obsequiado un resfrío tremendo. Nos contó que acababa de regresar de la consulta al médico y que venía cargado de medicinas y toda clase de jarabes. El escritor no quería contagiarnos. Debo admitir que su aspecto era borroso. Su congestionada nariz no lo dejaba mentir. Manuel Bentín y sus amigos, al unísono, terminamos clamando que se sentara a nuestra mesa. No siempre se tiene la oportunidad de conversar con Alfredo Bryce Echenique.

El autor terminó accediendo a nuestro pedido. Sin embargo, a los pocos minutos y para sorpresa de todos, uno de los invitados miró su reloj y arguyendo que su mujer lo esperaba, se puso de pie, se despidió de todos y partió. Otro dijo que él también tendría que irse en breves momentos y así fue. Ya no éramos seis a la mesa. Ahora éramos cuatro. De pronto a mí se me ocurrió levantarme y partir en estampida, pues a los dos minutos de producida la ilustre cercanía, sentí dos tiritones seguidos. El clima no lo justificaba. La razón era fácil: Bryce Echenique me había contagiado su resfrío. Súbitamente otro amigo se levantó y dando no recuerdo qué excusa también se despidió.

Ahora quedábamos Manongo Bentín, Alfredo Bryce Echenique y yo. Yo quería irme, pero la conversación se había puesto más interesante. Bryce empezó a relatarnos las experiencias de otros escritores. Bentín y yo estábamos atornillados en nuestras sillas. Los tiritones regresaron y yo sabía que estaba fregado. El padre de Un mundo para Julius me había contagiado. Bentín, sin embargo, estaba en magnífico estado. Sospecho que se había puesto la vacuna contra los resfríos. A comienzos de marzo es la mejor oportunidad y estábamos en el último día ese mes.

De pronto advertí que Alfredo Bryce no estaba tomando lonche (sándwiches, pasteles, etc.) como nosotros, si no que calladamente se estaba despachando un lomo saltado (lomo cortado en tiras, arroz, papas fritas y cebollas) cuidando no perder el juguito de la carne, el cual mezclaba con cuidado con el arroz, dándole a éste un color oscuro, delicioso. Yo me quedé admirado. Bryce tiene 72 años cumplidos y a esa edad no es aconsejable comer carne. Incluso muchos médicos lo prohíben. Yo tengo 67 años y hace tiempo los bifes son cosa del pasado.

Cuando entre tiritones, lo felicité por su buen apetito, a modo de justificación me contestó que no había comido desde el día anterior. Recuerdo eso sí que no comió postre. Será por eso que se mantiene delgado.

Que nadie vaya a pensar que le guardo rencor a Alfredo por el contagio, pues Si París bien vale una misa, conversar con Alfredo Bryce bien vale un resfrío .

Finalmente, Bentín, Bryce y yo nos levantamos de la mesa. Nos tomaron una foto en la entrada de La bonbonniere nos estrechamos las manos y luego que cruzamos la frontera del salón de té, regresamos al tercer milenio. De ahí cada cual partió en dirección diferente.



















































































































































 
                                                  

1 de marzo de 2011

EL SACO DE SÉRVULO GUTIÉRREZ

                        Sérvulo Gutiérrez con gorrión posando en su  dedo                                     


Sérvulo Gutiérrez (Ica, 1914- Lima, 1961) fue uno de los pintores peruanos más destacados del siglo XX. Su obra fue enorme en cantidad y excepcional en calidad. Es, sin duda, el pintor expresionista figurativo más importante que ha dado el Perú. La Historia del arte registra a Sérvulo como uno de los “pintores malditos” del Perú del siglo pasado. Bohemio e incomprendido, conoció la fama y la abundancia, para finalmente ser azotado por las carencias económicas propias de un faquir que intenta vivir de su oficio, en una capital cuyos señoritos primero lo aplaudieron y bebieron a costa de él para luego darle la espalda cuando sus bolsillos quedaron vacíos.

Esta nota está referida a un episodio de su vida, episodio que conocí por una amiga que llamaré Selene y que pretendo relatarles en la manera más similar que llegó a mí una calurosa noche de verano en una tienda de antigüedades y remates de Miraflores; la misma que, a duras penas subsistía de la venta de muebles bric à brac más que de antigüedades y de los cada vez menos usuales remates al martillo. 

Aquella noche, una de las tantas que acostumbraba ir a recoger a la hermosa e inteligente Selene (siempre poco antes de la hora de salida), ésta -al ver mi impaciencia por fugar, subir al auto y con las cuatro ventanas abiertas enrumbar a un lejano y romántico lugar de Barranco- quiso interrumpir mi desesperante estado de aburrimiento. En realidad de verdad (como diría mi siempre bien recordada maestra de la Universidad de San Marcos, Dra. Ella Dumbar Temple) no hay peor tortura que esperar a alguien mientras esta trabaja, uno espera y no hay viso que la jornada terminará.

De pronto, un ruido. En ese momento Selene cruzó el dedo índice sobre sus labios y llamándome a un lado apuntó hacia otro salón, en dirección a un menudo hombrecito de unas seis décadas, de terno gris (varias veces volteado por el sastre), cuello pelado y tripilla negra a modo de corbata, el cual daba instrucciones a un camionero respecto al sitio que debía llevar unos muebles viejos. Luego Selene me invitó a la oficina, tomamos asiento y con voz de mando exclamó: ¡Agapito ven!

El hombrecito no tardó en llegar y ella, luego de preguntarle por una par de cosas relacionadas con la sala, de sopetón le pidió que me contara en detalle lo del saco de Sérvulo Gutiérrez. Supongo que Selene pensaría que la anécdota haría más tolerable mi espera. Una especie de comic relief.

Al instante Agapito bajó la cabeza y sus hombros se desinflaron. Su aspecto pálido, vencido, era propio a la de un hombre que acababa de ser despedido de manera intempestiva. Su reacción me sorprendió. ¿Qué secreto iba a revelar el hombrecillo? En verdad no quería oírlo. Odio el dolor ajeno, pero una anécdota sobre Sérvulo bien valía la pena escuchar.

A pesar que su rostro reflejaba un ardiente deseo de no acceder al pedido de la inquisidora patrona, ésta no desistía y entre carcajadas reclamaba que de una vez revelara el incidente entre Sérvulo y él. Era obvio que Selene me estaba sirviendo en bandeja de plata el alma de este pobre hombre, títere en sus manos. Una y otra vez intenté interrumpirla. Deseaba liberar al prójimo de tanto sufrimiento. Pero Selene con voz firme, insistió: Agapito, cuéntale al señor el momento más importante de la historia de tu vida.

Agapito respiró profundamente y lentamente empezó: Hace muchos años. Allá por los finales de la década del cincuenta cuando yo trabajaba en el centro de Lima en una galería de arte como conserje, mensajero y hacía todo lo que fuera menester, entró a la galería el señor Sérvulo dando soplidos a causa del calor de ese día de verano. Tan pronto cruzó el umbral de la galería se quitó el saco, se arremangó la camisa y me pidió que le guardara la prenda. Accedí a su pedido y la colgué detrás de la puerta del cuarto en que se guardaban los utensilios para la limpieza. 

En esa época el señor Sérvulo ya no gozaba de fama. Para muchos era la plaga. El interés por sus cuadros había bajado. Ya no había reconocimiento a su obra. Yo, sin embargo, le tenía estima. Siempre me trato con cordialidad, además éramos de la misma talla, aunque él era un genio y yo no. 

Mientras don Sérvulo hablaba con el administrador de la galería, la contadora me envió al banco a hacer un depósito. La cola en el banco era interminable. Cuando regresé ya don Sérvulo se había retirado y recién a mi hora de salida advertí que el famoso pintor se había llevado mi saco y en su lugar había quedado el suyo. Esa noche la temperatura había bajado, me puse el saco de don Sérvulo y me fui a mi casa. 

Después de una semana apareció don Sérvulo por la galería, llevaba puesto mi saco y un cuadro suyo bajo el brazo. Corrí a su encuentro y le expliqué el malentendido. Sin más, procedimos al intercambio de sacos. De inmediato mis manos rebuscaron en los bolsillos interiores. 

No encontré nada. Corrí hacia don Sérvulo y le dije que no encontraba el billete de diez soles que había dejado en el bolsillo interior izquierdo. El pintor me preguntó si estaba seguro de haber dejado el billete en el saco. Yo le juré que sí. De pronto, para mi sorpresa, don Sérvulo me alcanzó el cuadro que había llevado a la galería y me dijo: Mira, te doy el cuadro y nos olvidamos del billete.

Yo respondí: mejor me da los diez soles. ¿Estás seguro? preguntó don Sérvulo e insistió: piénsalo bien, es un buen cuadro. Pero yo no cambié de parecer. Don Sérvulo se encogió de hombros, metió una mano en el bolsillo del pantalón y me entregó un billete de diez soles.

Entonces, con voz desesperada, intervine en un vano intento por enmendar la decisión: ¡Agapito, acepta el cuadro! Hoy en día un cuadro de Sérvulo vale una fortuna.

Lo sé, señor. Pero en ese entonces mis diez soles me valían más. Yo no quería un cuadro, yo quería mis diez soles.

Volví la mirada a Selene y le pregunté cuánto costaría un Sérvulo de esas características. Sonrió y me dijo: Hace una semana trajeron el mismo cuadro a la galería para su venta y esta mañana lo compraron por cien mil dólares. Aquí está el cheque. Si el bobo de Agapito hubiera aceptado la pintura a cambio de los diez soles, ahora estaría buscando comprar un departamento de lujo en Miraflores, tendría auto nuevo y quizás estaría montando un negocio propio. Selene no demoró en reventar en carcajadas. 

Agapito bajó la cabeza y salió de la oficina. Detrás a pocos pasos le seguí yo. Hace veinte años que no he vuelto a ver a Selene.

                                               
"Los Andes"      
                                                     
                             
                                     Retrato de Doris Gibson                             

                                              
                                  Autorretrato de Sérvulo Gutiérrez           
                              

11 de enero de 2011

MAURICE UTRILLO: ¿QUIÉN FUE SU PADRE BIOLÓGICO?



Maurice Utrillo (1883-1955)    


Maurice Utrillo                            
                                                    

En la historia del arte muchas son las incógnitas que quedan por aclarar. Entre las paternidades aún no definidas destaca el caso de Maurice Utrillo (1883-1955), notable pintor francés de los paisajes urbanos de París que junto con Amadeo Modigliani y Chaïm Soutine, constituyen lo que ha venido a llamarse el trío maldito o los pintores malditos, por su vida bohemia, obra genial, la misma que no alcanzó reconocimiento en vida. 

De Maurice Utrillo sabemos que su madre biológica fue Suzanne Valadon y que fue legalmente reconocido y adoptado por el ingeniero Miquel Utrillo. ¿Pero quién fue su padre biológico? 



                         
Suzanne Valadon (1867-1938)                                                     
                                                     



Suzanne Valadon             

Suzanne Valadon se inició como acróbata de circo hasta que una caída la hizo retirarse de esta actividad y luego, debido a su belleza pasó a ser modelo de pintores, entre los cuales se mencionan Edgar Degas, Henri de Toulouse-Lautrec, Pierre-August Renoir y Pierre Puvis de Chavannes.



   Edgar Degas (1834-1917)                                               
                                                                                       

                                             
                                          Edgar Degas                  
                                      
                      
Pierre-August Renoir (1841-1919)


Pierre-August Renoir


Durante la época que Suzanne trabajó como modelo se interesó por aprender a pintar. La tradición refiere que fue en los talleres de Renoir y de Degas que la joven aprendió el oficio de la pintura, llegando como consecuencia de ello a convertirse en una pintora con méritos propios.

Suzanne Valadon habría mantenido relaciones sexuales con ambos pintores en la época que Maurice fue concebido, lo que dificultó que ella precisara cual de los ilustres pintores era el padre de su hijo. Tanto Renoir como Degas siempre negaron la paternidad.

Que Maurice Utrillo fuera un genio de la pintura no cabe duda. Aprendió el oficio de su madre, pero, sin duda heredó algo del talento de quien en realidad fue su padre. La incógnita persiste: ¿Renoir o Degas?


¿Valdrá la pena exhumar los cadáveres de Renoir, Degas y Utrillo y realizar una prueba de ADN para determinar quien en verdad fue padre de Maurice Utrillo o tal vez sea mejor dejar en la neblina el enigma que siempre acompañará a los cuatro artistas?

                                                                                


28 de diciembre de 2010

GONZALO MARIÁTEGUI: DIBUJOS ABSTRACTOS (2005-2009)


A continuación mostramos algunos dibujos abstractos de la 
producción del artista peruano Gonzalo Mariátegui (años 2005-2009), realizados con óleo esmalte sobre cartulina.
                                                                           



Gonzalo Mariátegui Viera Gallo (1943)
                                                                    
                   

       
                                                                       
                                    


                         
                                                         


                                                                                           
      
                                              
                             
                                                    

                   
            









                                                             





                                                                                                                           
                          









                                                            
                                                                            




                                                       

13 de diciembre de 2010

MARIO VARGAS LLOSA RECIBE EL PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2010





Por el milagro de la internet nuestro blog Siete Jeringas les invita a ver a corta distancia la Medalla de oro del Premio Nobel de la Literatura, sin duda exacta a la que recibió don Mario Vargas Llosa el día 10 de diciembre último de manos de Carlos Gustavo XVI, rey de Suecia.


Asimismo, reproducimos algunas imágenes que son testimonio de algunos de los momentos cumbres que ocurrieron aquella noche de Hadas.



Medalla del Premio Nobel (anverso).

                         
   Medalla del Premio Nobel de Literatura (anverso y reverso).

                      
Las distintas medallas del Premio Nobel correspondientes a: Literatura, La Paz, Física y Química, Fisiología o Medicina, y Ciencias Económicas.


Momentos antes de realizarse la entrega de los premios Nobel 2010.
                                   
Mario Vargas Llosa recibe el Premio Nobel de Literatura 2010 de manos de Carlos XVI Gustavo, rey de Suecia.            
    
Mario Vargas Llosa pronuncia a nombre de los galardonados el discurso de agradecimiento.                                                                         
                                                                    

EL TESTAMENTO DE ALFRED NOBEL



Mucho se ha hablado sobre el testamento de Alfred Nobel, en especial respecto a su voluntad de instituir premios anuales en los campos de las Ciencias Físicas, Química, Fisiología o Medicina, Literatura y la Paz. Con este motivo hemos considerado pertinente reproducir su testamento para que los estudiosos y pretendientes a los premios conozcan e interpreten, mediante esta traducción que consideramos cabal, la voluntad del filántropo sueco.



   Alfred Nobel (1833 - 1896)                                                



"El que suscribe, Alfred Bernhard Nobel, declaro por este medio tras profunda reflexión, que mi última voluntad respecto a los bienes que puedo legar tras mi muerte es la siguiente: 

Se dispondrá como sigue de todo el remanente de la fortuna realizable que deje al morir: el capital, realizado en valores seguros por mis testamentarios, constituirá un fondo cuyo interés se distribuirá anualmente como recompensa a los que, durante el año anterior, hubieran prestado a la humanidad los mayores servicios. El total se dividirá en cinco partes iguales, que se concederán: una a quien, en el ramo de las Ciencias Físicas, haya hecho el descubrimiento o invento más importante; otra a quien lo haya hecho en Química o introducido en ella el mejor perfeccionamiento; la tercera al autor del más importante descubrimiento en Fisiología o Medicina; la cuarta al que haya producido la obra literaria más notable en el sentido del idealismo; por último, la quinta parte a quien haya laborado más y mejor en la obra de la fraternidad de los pueblos, a favor de la supresión o reducción de los ejércitos permanentes, y en pro de la formación y propagación de Congresos por la Paz. 

Los premios de Física y Química serán otorgados por la Academia de Ciencias sueca; los de Fisiología o Medicina por el Instituto Carolino de Estocolmo; los de Literatura por la Academia de Estocolmo y el de la obra por la Paz por una comisión de cinco personas que elegirá el Storthing (Parlamento) noruego. Es mi voluntad expresa que en la concesión de los premios no se tenga en cuenta la nacionalidad, de manera que los obtengan los más dignos, sean o no escandinavos. 

Como ejecutores de estas disposiciones testamentarias designo al señor Ragnar Sohman, con domicilio en Befors, Verlandia, así como al señor Rudolf Lilljequist, con residencia en Malmskildnadsgatan 31, Estocolmo, y Bengtfors en las proximidades de Uddevalla. 


A partir de ahora, es éste el único testamento con valor legal. Con él quedan sin efecto todas las disposiciones testamentarias anteriores que puedan aparecer después de mi muerte. 

París, 27 de noviembre de 1895."


          Alfred Bernhard Nobel