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25 de mayo de 2012

EL SOLAR DE LOS TRES PATIOS





                         Carátula de El solar de los tres patios.


                                          

                                                                                                     Gonzalo Mariátegui



El solar de los tres patios es la tercera novela del escritor peruano Gonzalo Mariátegui, la misma que será presentada en sociedad en la Sala de Conferencias de el Centro Cultural de la Pontificia Universidad Católica del Perú (CCPUCP) en Camino Real 1075, San Isidro, (Lima, Perú), el día jueves 21 de junio del 2012. Acompañarán al autor en el panel los autores José Luis Ayala y Maruja Valcárcel.


El solar de los tres patios es el relato de dos artistas enfrentados: un joven y un viejo, uno artista creador y el otro artista estéril convertido en administrador, alejado de los pinceles y los colores. Es el conflicto entre el mejor director de la Escuela de Bellas Artes de Lima y el alumno más talentoso que ha producido la escuela.

El solar de los tres patios es, además, una mirada descarnada del mundo de las artes plásticas de la Lima del siglo XX. Uno a uno Mariátegui va presentando los distintos personajes que la integran como pintores, galeristas, coleccionistas, críticos de arte, intelectuales y otros más.


Por su conocimiento del mundo de las artes plásticas, Gonzalo Mariátegui ha logrado desarrollar con acierto un tema que no ha sido tratado en profundidad en la narrativa iberoamericana.

En resumen, El solar de los tres patios es una novela ágil y entretenida que capturará el interés de los lectores desde el comienzo hasta el fin y que dará que hablar en los medios literarios. 

La entrada a la presentación es libre. Concluida ésta, se servirá un vino de honor a la que están todos cordialmente invitados.

Los ejemplares de El solar de los tres patios se encuentran en venta en la principales librerías de Lima. El precio de venta de cada ejemplar es de S/.24.- (veinticuatros nuevos soles).

19 de septiembre de 2011

ERNEST HEMINGWAY Y SU ÚLTIMO CENTAVO

                                                      
                                         Ernest Hemingway ante su máquina de escribir.

La vida de Ernest Hemingway se puede describir mejor como la de un gitano, de un errante consuetudinario. De los continentes, viajó extensamente por tres: América, Europa y África. En los tres conoció aventuras. A veces fue protagonista de éstas, sea de cazador o de pescador. Participó en dos guerras mundiales. Y cuando no fue protagonista fue observador. Me refiero a su condición de aficionado de el toreo.

Pocas escritores han imprimido su personalidad en las casas que han vivido. Muchas de ellas han sido convertidas en museos o santuarios seglares para sus lectores o para los que conocen su leyenda pero no su obra. ¡Qué terrible!

Tal vez la casa de Hemingway en Key West (Florida) puede calificarse como uno de los lugares en que fue más feliz. 

Pocos escritores han imprimido su personalidad en las casa que han vivido. Muchas de ellas han sido convertidas en museos o santuarios seglares para sus lectores o para los que conocen su leyenda pero no su obra. ¡Qué lástima! 

La propiedad de la casa de Key West era de su segunda esposa la heredera Pauline Pfeiffer, la cual lo adquirió con la ayuda de un tío millonario.

La casa es hermosa, su estilo es adecuada al clima caribeño. Es de dos pisos,de techos inclinados, lleno de angostos ventanales de cielo raso a piso para garantizar una adecuada ventilación. La casa está rodeada de frondosos jardines. Todo es tan distinto de su tierra natal.

Pero volviendo a nuestro recorrido, por la casa nos encontramos con decenas de gatos, muchos de ellos descendientes de Snowball (bola de nieve), el gato que un capitán de barco le regaló al escritor. Admito que nunca he caminado entre tantos gatos.

Pero volvamos al motivo de este post. En el jardín hay una piscina (grande y rectangular) que Pauline, con dinero de su acaudalado tío, mandó construir y que ella, amante esposa, al regreso de Hemingway luego de un dilatado viaje, se lo regaló, sin advertencia previa. Los guías dicen que la sorpresa fue enorme y que el escritor, aterrorizado ante la enorme cuenta que creía le esperaba, reprochó duramente a su mujer y sacando un centavo del fondo del bolsillo de su pantalón, voz en cuello y con la cara enrojecida exclamó que ella gastaría hasta su último centavo: You´ll cost me my last penny! Y, sin más, arrojó la moneda de cobre a la piscina. Luego Hemingway se enteraría de la verdad y recuperó la compostura. Pauline, de otro lado, mandó sacar el centavo del fondo de la piscina y lo hizo incrustar al borde de la misma, cubriendo la moneda con un grueso vidrio transparante, que a la fecha permite ver la moneda. Al costado mandó inscribir: HEMINGWAY´S LAST PENNY (el último centavo de Hemingway).

Años después con la asignación pecuniaria que acompaña con el Premio Nobel, Hemingway nunca más tuvo que preocuparse que una mujer se llevara su último centavo.
                              
Gonzalo Mariátegui, con la pierna enyesada, en la puerta de la casa de Hemingway en Key West, U,S.A.                                               

  Cuarto en el segundo piso donde Hemingaway trabajaba en su casa de Key West, (Florida, U.S.A.)
                                                                                                                     

4 de abril de 2011

UN LONCHE CON BRYCE ECHENIQUE

                                                                                                   
Gonzalo Mariátegui, Alfredo Bryce Echenique y Manuel Bentín


En este momento soy presa de un virulento resfrío y entre estornudo y estornudo con gran esfuerzo escribo esta nota.

Resulta que el jueves pasado, por gentil invitación del escritor Manuel Bentín (conocido por sus amigos como “Manongo”) concurrí a La bonbonniere a tomar lonche en compañía de algunas de las personas más simpáticas e inteligentes de Lima. Allí estaban por orden alfabético: Federico “Fico” Camino (filósofo y humanista), José “Pepe” Montoya (poeta y cuentista) y Juan “Juanito” Thorne (hombre de mundo y ameno conversador).

La cita fue fijada para las 6:30 PM, hora adecuada para un tradicional lonche limeño. Para los que no conocen la palabra “lonche” les hago presente que éste es el equivalente de la “merienda” española (entre 5 y 8 PM) o el afternoon tea inglés (entre 3 y 5 PM).

Lamentablemente, la estupenda costumbre del lonche ha ido desapareciendo de las costumbres limeñas, pero mi amigo Manongo, como buen limeño que es (…y vaya que quedamos pocos limeños) no se resigna a ello por lo que nos convocó para tomar lonche y disfrutar de una amena charla. ¡Bravo, Manongo!

Uno a uno fuimos llegando a La bonbonniere, a aquel salón de té sanisidrino (o debo decir: ¿sanisidreño?) el cual, mediante raro encanto, en su perímetro ha logrado congelar el tiempo en cualquier fecha de la década de 1950, cuando todo era más fácil y nadie hablaba del inexistente o desconocido calentamiento global.

Hablamos de literatura: destacando lo destacable, aplaudiendo lo plausible e informando de las últimas novedades en librerías.

Serían las 8 PM y la conversación estaba en su momento culminante cuando furtivamente hizo su ingreso al salón el famoso novelista y cuentista, Alfredo Bryce Echenique, quien no tardó en sentarse en una distante y oscura mesa, pero Manongo que estaba estratégicamente ubicado en nuestra mesa distinguió al autor de tantas premiadas novelas y libros de cuentos.

De inmediato, Manongo, con alegre voz, invitó a Bryce a que se uniera a nosotros, iniciativa que fue secundada por los demás contertulios. Todos éramos lectores de su obra y con excepción mía, que no había estudiado con él, los demás habían sido sus compañeros de banca en el colegio Santa María.

En realidad de verdad (como diría mi recordada maestra Dra. Ella Dunbar Temple) en el Perú nada hermana más que haber estudiado en el mismo colegio y ni qué decir si se ha estudiado en el mismo año. Esta coincidencia los convierte en miembros de la misma logia, es decir, en hermanos para siempre.

El escritor, dando mil gracias intentó eludir la invitación arguyendo que estaba resfriado, que había regresado a la capital de la frailera soledad de su casa de playa y que había avanzado hasta la página 300 de su próxima novela. Nos dijo que la casa alquilada resultó ser de madera y las inesperadas lluvias nocturnas le habían obsequiado un resfrío tremendo. Nos contó que acababa de regresar de la consulta al médico y que venía cargado de medicinas y toda clase de jarabes. El escritor no quería contagiarnos. Debo admitir que su aspecto era borroso. Su congestionada nariz no lo dejaba mentir. Manuel Bentín y sus amigos, al unísono, terminamos clamando que se sentara a nuestra mesa. No siempre se tiene la oportunidad de conversar con Alfredo Bryce Echenique.

El autor terminó accediendo a nuestro pedido. Sin embargo, a los pocos minutos y para sorpresa de todos, uno de los invitados miró su reloj y arguyendo que su mujer lo esperaba, se puso de pie, se despidió de todos y partió. Otro dijo que él también tendría que irse en breves momentos y así fue. Ya no éramos seis a la mesa. Ahora éramos cuatro. De pronto a mí se me ocurrió levantarme y partir en estampida, pues a los dos minutos de producida la ilustre cercanía, sentí dos tiritones seguidos. El clima no lo justificaba. La razón era fácil: Bryce Echenique me había contagiado su resfrío. Súbitamente otro amigo se levantó y dando no recuerdo qué excusa también se despidió.

Ahora quedábamos Manongo Bentín, Alfredo Bryce Echenique y yo. Yo quería irme, pero la conversación se había puesto más interesante. Bryce empezó a relatarnos las experiencias de otros escritores. Bentín y yo estábamos atornillados en nuestras sillas. Los tiritones regresaron y yo sabía que estaba fregado. El padre de Un mundo para Julius me había contagiado. Bentín, sin embargo, estaba en magnífico estado. Sospecho que se había puesto la vacuna contra los resfríos. A comienzos de marzo es la mejor oportunidad y estábamos en el último día ese mes.

De pronto advertí que Alfredo Bryce no estaba tomando lonche (sándwiches, pasteles, etc.) como nosotros, si no que calladamente se estaba despachando un lomo saltado (lomo cortado en tiras, arroz, papas fritas y cebollas) cuidando no perder el juguito de la carne, el cual mezclaba con cuidado con el arroz, dándole a éste un color oscuro, delicioso. Yo me quedé admirado. Bryce tiene 72 años cumplidos y a esa edad no es aconsejable comer carne. Incluso muchos médicos lo prohíben. Yo tengo 67 años y hace tiempo los bifes son cosa del pasado.

Cuando entre tiritones, lo felicité por su buen apetito, a modo de justificación me contestó que no había comido desde el día anterior. Recuerdo eso sí que no comió postre. Será por eso que se mantiene delgado.

Que nadie vaya a pensar que le guardo rencor a Alfredo por el contagio, pues Si París bien vale una misa, conversar con Alfredo Bryce bien vale un resfrío .

Finalmente, Bentín, Bryce y yo nos levantamos de la mesa. Nos tomaron una foto en la entrada de La bonbonniere nos estrechamos las manos y luego que cruzamos la frontera del salón de té, regresamos al tercer milenio. De ahí cada cual partió en dirección diferente.



















































































































































 
                                                  

1 de marzo de 2011

EL SACO DE SÉRVULO GUTIÉRREZ

                        Sérvulo Gutiérrez con gorrión posando en su  dedo                                     


Sérvulo Gutiérrez (Ica, 1914- Lima, 1961) fue uno de los pintores peruanos más destacados del siglo XX. Su obra fue enorme en cantidad y excepcional en calidad. Es, sin duda, el pintor expresionista figurativo más importante que ha dado el Perú. La Historia del arte registra a Sérvulo como uno de los “pintores malditos” del Perú del siglo pasado. Bohemio e incomprendido, conoció la fama y la abundancia, para finalmente ser azotado por las carencias económicas propias de un faquir que intenta vivir de su oficio, en una capital cuyos señoritos primero lo aplaudieron y bebieron a costa de él para luego darle la espalda cuando sus bolsillos quedaron vacíos.

Esta nota está referida a un episodio de su vida, episodio que conocí por una amiga que llamaré Selene y que pretendo relatarles en la manera más similar que llegó a mí una calurosa noche de verano en una tienda de antigüedades y remates de Miraflores; la misma que, a duras penas subsistía de la venta de muebles bric à brac más que de antigüedades y de los cada vez menos usuales remates al martillo. 

Aquella noche, una de las tantas que acostumbraba ir a recoger a la hermosa e inteligente Selene (siempre poco antes de la hora de salida), ésta -al ver mi impaciencia por fugar, subir al auto y con las cuatro ventanas abiertas enrumbar a un lejano y romántico lugar de Barranco- quiso interrumpir mi desesperante estado de aburrimiento. En realidad de verdad (como diría mi siempre bien recordada maestra de la Universidad de San Marcos, Dra. Ella Dumbar Temple) no hay peor tortura que esperar a alguien mientras esta trabaja, uno espera y no hay viso que la jornada terminará.

De pronto, un ruido. En ese momento Selene cruzó el dedo índice sobre sus labios y llamándome a un lado apuntó hacia otro salón, en dirección a un menudo hombrecito de unas seis décadas, de terno gris (varias veces volteado por el sastre), cuello pelado y tripilla negra a modo de corbata, el cual daba instrucciones a un camionero respecto al sitio que debía llevar unos muebles viejos. Luego Selene me invitó a la oficina, tomamos asiento y con voz de mando exclamó: ¡Agapito ven!

El hombrecito no tardó en llegar y ella, luego de preguntarle por una par de cosas relacionadas con la sala, de sopetón le pidió que me contara en detalle lo del saco de Sérvulo Gutiérrez. Supongo que Selene pensaría que la anécdota haría más tolerable mi espera. Una especie de comic relief.

Al instante Agapito bajó la cabeza y sus hombros se desinflaron. Su aspecto pálido, vencido, era propio a la de un hombre que acababa de ser despedido de manera intempestiva. Su reacción me sorprendió. ¿Qué secreto iba a revelar el hombrecillo? En verdad no quería oírlo. Odio el dolor ajeno, pero una anécdota sobre Sérvulo bien valía la pena escuchar.

A pesar que su rostro reflejaba un ardiente deseo de no acceder al pedido de la inquisidora patrona, ésta no desistía y entre carcajadas reclamaba que de una vez revelara el incidente entre Sérvulo y él. Era obvio que Selene me estaba sirviendo en bandeja de plata el alma de este pobre hombre, títere en sus manos. Una y otra vez intenté interrumpirla. Deseaba liberar al prójimo de tanto sufrimiento. Pero Selene con voz firme, insistió: Agapito, cuéntale al señor el momento más importante de la historia de tu vida.

Agapito respiró profundamente y lentamente empezó: Hace muchos años. Allá por los finales de la década del cincuenta cuando yo trabajaba en el centro de Lima en una galería de arte como conserje, mensajero y hacía todo lo que fuera menester, entró a la galería el señor Sérvulo dando soplidos a causa del calor de ese día de verano. Tan pronto cruzó el umbral de la galería se quitó el saco, se arremangó la camisa y me pidió que le guardara la prenda. Accedí a su pedido y la colgué detrás de la puerta del cuarto en que se guardaban los utensilios para la limpieza. 

En esa época el señor Sérvulo ya no gozaba de fama. Para muchos era la plaga. El interés por sus cuadros había bajado. Ya no había reconocimiento a su obra. Yo, sin embargo, le tenía estima. Siempre me trato con cordialidad, además éramos de la misma talla, aunque él era un genio y yo no. 

Mientras don Sérvulo hablaba con el administrador de la galería, la contadora me envió al banco a hacer un depósito. La cola en el banco era interminable. Cuando regresé ya don Sérvulo se había retirado y recién a mi hora de salida advertí que el famoso pintor se había llevado mi saco y en su lugar había quedado el suyo. Esa noche la temperatura había bajado, me puse el saco de don Sérvulo y me fui a mi casa. 

Después de una semana apareció don Sérvulo por la galería, llevaba puesto mi saco y un cuadro suyo bajo el brazo. Corrí a su encuentro y le expliqué el malentendido. Sin más, procedimos al intercambio de sacos. De inmediato mis manos rebuscaron en los bolsillos interiores. 

No encontré nada. Corrí hacia don Sérvulo y le dije que no encontraba el billete de diez soles que había dejado en el bolsillo interior izquierdo. El pintor me preguntó si estaba seguro de haber dejado el billete en el saco. Yo le juré que sí. De pronto, para mi sorpresa, don Sérvulo me alcanzó el cuadro que había llevado a la galería y me dijo: Mira, te doy el cuadro y nos olvidamos del billete.

Yo respondí: mejor me da los diez soles. ¿Estás seguro? preguntó don Sérvulo e insistió: piénsalo bien, es un buen cuadro. Pero yo no cambié de parecer. Don Sérvulo se encogió de hombros, metió una mano en el bolsillo del pantalón y me entregó un billete de diez soles.

Entonces, con voz desesperada, intervine en un vano intento por enmendar la decisión: ¡Agapito, acepta el cuadro! Hoy en día un cuadro de Sérvulo vale una fortuna.

Lo sé, señor. Pero en ese entonces mis diez soles me valían más. Yo no quería un cuadro, yo quería mis diez soles.

Volví la mirada a Selene y le pregunté cuánto costaría un Sérvulo de esas características. Sonrió y me dijo: Hace una semana trajeron el mismo cuadro a la galería para su venta y esta mañana lo compraron por cien mil dólares. Aquí está el cheque. Si el bobo de Agapito hubiera aceptado la pintura a cambio de los diez soles, ahora estaría buscando comprar un departamento de lujo en Miraflores, tendría auto nuevo y quizás estaría montando un negocio propio. Selene no demoró en reventar en carcajadas. 

Agapito bajó la cabeza y salió de la oficina. Detrás a pocos pasos le seguí yo. Hace veinte años que no he vuelto a ver a Selene.

                                               
"Los Andes"      
                                                     
                             
                                     Retrato de Doris Gibson                             

                                              
                                  Autorretrato de Sérvulo Gutiérrez           
                              

28 de diciembre de 2010

GONZALO MARIÁTEGUI: DIBUJOS ABSTRACTOS (2005-2009)


A continuación mostramos algunos dibujos abstractos de la 
producción del artista peruano Gonzalo Mariátegui (años 2005-2009), realizados con óleo esmalte sobre cartulina.
                                                                           



Gonzalo Mariátegui Viera Gallo (1943)
                                                                    
                   

       
                                                                       
                                    


                         
                                                         


                                                                                           
      
                                              
                             
                                                    

                   
            









                                                             





                                                                                                                           
                          









                                                            
                                                                            




                                                       

1 de diciembre de 2010

JAVIER BELLIDO VALDIVIA: PINTURAS


Reencuentro/técnica mixta sobre cartulina/202x193cm./2009 (Entrada a la galería)

Inscripción a la entrada de la muestra de puño y letra del artista.

Visitas conversan con Javier Bellido.                                                       
                       
          
Javier Bellido flanqueado por Gonzalo Mariátegui y el profesor Muñoz, director de la galería.
                  
   
El artista junto a su autorretrato.


JAVIER BELLIDO VALDIVIA(1985) es un joven pintor peruano dotado de un extraordinario talento. Realizó sus estudios en la Facultad de Arte de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), en la especialidad de pintura. En su quinto año de pintura mereció de la PUCP el prestigioso Premio "Adolfo Winternitz", en reconocimiento a sus condiciones de pintor, lo cual no es poca cosa. 

Hace poco días ha concluido su primera muestra individual de pinturas en la 

Galería de arte UNIFÉ, de la Universidad UNIFÉ, Camacho, Lima, Perú. En dicha muestra Bellido, pintor expresionista figurativo, se presenta como una auténtica promesa para las artes plásticas del Perú. En cada cuadro ofrece un admirable derroche de dominio de dibujo, color y composición. 

Bellido Valdivia es un joven amable, breve de palabras, poseedor de un rico mundo interior. El color es su lenguage. Su dibujo es de gran originalidad y fuerza. 

A continuación les ofrecemos algunas de las imágenes de los cuadros que constituyeron su muestra. Adicionales imágenes de la producción de este pintor puede encontrarse en su blogspot: (http://www.javierbellidov.blogspot.com/).
                                                                               
                                                                   



El hombre pájaro y sus amigos en el fin del mundo/ técnica mixta sobre cartulina/200x195cm./2009


Trío atómico/técnica mixta sobre cartulina 200x194cm./2009
                                               
                                                   


Noche de fantasmas


La cruz/técnica mixta sobre cartulina/196x201cm./2009                              
                       

Mujer sentada/técnica mixta sobre cartulina/202x195cm./2009                                     
                                

Autorretrato/ técnica mixta sobre cartulina/205x194cm./2008


El hombre pájaro al ataque/técnica mixta sobre cartulina/200x195cm./2009
                   

 Filmándola/técnica mixta sobre cartulina/195x294cm./2008
                                        

 La situación/técnica mixta sobre cartulina/200x196cm./2008
                                                               

El sobrerero loco/técnica mixta sobre cartulina/200x194cm./2008
                                                

Eltrono/técnica mixta sobre cartulina/196x200cm./2009                                                    
                    
                       
El cría cuervos/técnica mixta sobre cartulina/197x200 cm,/2008