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4 de abril de 2011

UN LONCHE CON BRYCE ECHENIQUE

                                                                                                   
Gonzalo Mariátegui, Alfredo Bryce Echenique y Manuel Bentín


En este momento soy presa de un virulento resfrío y entre estornudo y estornudo con gran esfuerzo escribo esta nota.

Resulta que el jueves pasado, por gentil invitación del escritor Manuel Bentín (conocido por sus amigos como “Manongo”) concurrí a La bonbonniere a tomar lonche en compañía de algunas de las personas más simpáticas e inteligentes de Lima. Allí estaban por orden alfabético: Federico “Fico” Camino (filósofo y humanista), José “Pepe” Montoya (poeta y cuentista) y Juan “Juanito” Thorne (hombre de mundo y ameno conversador).

La cita fue fijada para las 6:30 PM, hora adecuada para un tradicional lonche limeño. Para los que no conocen la palabra “lonche” les hago presente que éste es el equivalente de la “merienda” española (entre 5 y 8 PM) o el afternoon tea inglés (entre 3 y 5 PM).

Lamentablemente, la estupenda costumbre del lonche ha ido desapareciendo de las costumbres limeñas, pero mi amigo Manongo, como buen limeño que es (…y vaya que quedamos pocos limeños) no se resigna a ello por lo que nos convocó para tomar lonche y disfrutar de una amena charla. ¡Bravo, Manongo!

Uno a uno fuimos llegando a La bonbonniere, a aquel salón de té sanisidrino (o debo decir: ¿sanisidreño?) el cual, mediante raro encanto, en su perímetro ha logrado congelar el tiempo en cualquier fecha de la década de 1950, cuando todo era más fácil y nadie hablaba del inexistente o desconocido calentamiento global.

Hablamos de literatura: destacando lo destacable, aplaudiendo lo plausible e informando de las últimas novedades en librerías.

Serían las 8 PM y la conversación estaba en su momento culminante cuando furtivamente hizo su ingreso al salón el famoso novelista y cuentista, Alfredo Bryce Echenique, quien no tardó en sentarse en una distante y oscura mesa, pero Manongo que estaba estratégicamente ubicado en nuestra mesa distinguió al autor de tantas premiadas novelas y libros de cuentos.

De inmediato, Manongo, con alegre voz, invitó a Bryce a que se uniera a nosotros, iniciativa que fue secundada por los demás contertulios. Todos éramos lectores de su obra y con excepción mía, que no había estudiado con él, los demás habían sido sus compañeros de banca en el colegio Santa María.

En realidad de verdad (como diría mi recordada maestra Dra. Ella Dunbar Temple) en el Perú nada hermana más que haber estudiado en el mismo colegio y ni qué decir si se ha estudiado en el mismo año. Esta coincidencia los convierte en miembros de la misma logia, es decir, en hermanos para siempre.

El escritor, dando mil gracias intentó eludir la invitación arguyendo que estaba resfriado, que había regresado a la capital de la frailera soledad de su casa de playa y que había avanzado hasta la página 300 de su próxima novela. Nos dijo que la casa alquilada resultó ser de madera y las inesperadas lluvias nocturnas le habían obsequiado un resfrío tremendo. Nos contó que acababa de regresar de la consulta al médico y que venía cargado de medicinas y toda clase de jarabes. El escritor no quería contagiarnos. Debo admitir que su aspecto era borroso. Su congestionada nariz no lo dejaba mentir. Manuel Bentín y sus amigos, al unísono, terminamos clamando que se sentara a nuestra mesa. No siempre se tiene la oportunidad de conversar con Alfredo Bryce Echenique.

El autor terminó accediendo a nuestro pedido. Sin embargo, a los pocos minutos y para sorpresa de todos, uno de los invitados miró su reloj y arguyendo que su mujer lo esperaba, se puso de pie, se despidió de todos y partió. Otro dijo que él también tendría que irse en breves momentos y así fue. Ya no éramos seis a la mesa. Ahora éramos cuatro. De pronto a mí se me ocurrió levantarme y partir en estampida, pues a los dos minutos de producida la ilustre cercanía, sentí dos tiritones seguidos. El clima no lo justificaba. La razón era fácil: Bryce Echenique me había contagiado su resfrío. Súbitamente otro amigo se levantó y dando no recuerdo qué excusa también se despidió.

Ahora quedábamos Manongo Bentín, Alfredo Bryce Echenique y yo. Yo quería irme, pero la conversación se había puesto más interesante. Bryce empezó a relatarnos las experiencias de otros escritores. Bentín y yo estábamos atornillados en nuestras sillas. Los tiritones regresaron y yo sabía que estaba fregado. El padre de Un mundo para Julius me había contagiado. Bentín, sin embargo, estaba en magnífico estado. Sospecho que se había puesto la vacuna contra los resfríos. A comienzos de marzo es la mejor oportunidad y estábamos en el último día ese mes.

De pronto advertí que Alfredo Bryce no estaba tomando lonche (sándwiches, pasteles, etc.) como nosotros, si no que calladamente se estaba despachando un lomo saltado (lomo cortado en tiras, arroz, papas fritas y cebollas) cuidando no perder el juguito de la carne, el cual mezclaba con cuidado con el arroz, dándole a éste un color oscuro, delicioso. Yo me quedé admirado. Bryce tiene 72 años cumplidos y a esa edad no es aconsejable comer carne. Incluso muchos médicos lo prohíben. Yo tengo 67 años y hace tiempo los bifes son cosa del pasado.

Cuando entre tiritones, lo felicité por su buen apetito, a modo de justificación me contestó que no había comido desde el día anterior. Recuerdo eso sí que no comió postre. Será por eso que se mantiene delgado.

Que nadie vaya a pensar que le guardo rencor a Alfredo por el contagio, pues Si París bien vale una misa, conversar con Alfredo Bryce bien vale un resfrío .

Finalmente, Bentín, Bryce y yo nos levantamos de la mesa. Nos tomaron una foto en la entrada de La bonbonniere nos estrechamos las manos y luego que cruzamos la frontera del salón de té, regresamos al tercer milenio. De ahí cada cual partió en dirección diferente.



















































































































































 
                                                  

1 de marzo de 2011

EL SACO DE SÉRVULO GUTIÉRREZ

                        Sérvulo Gutiérrez con gorrión posando en su  dedo                                     


Sérvulo Gutiérrez (Ica, 1914- Lima, 1961) fue uno de los pintores peruanos más destacados del siglo XX. Su obra fue enorme en cantidad y excepcional en calidad. Es, sin duda, el pintor expresionista figurativo más importante que ha dado el Perú. La Historia del arte registra a Sérvulo como uno de los “pintores malditos” del Perú del siglo pasado. Bohemio e incomprendido, conoció la fama y la abundancia, para finalmente ser azotado por las carencias económicas propias de un faquir que intenta vivir de su oficio, en una capital cuyos señoritos primero lo aplaudieron y bebieron a costa de él para luego darle la espalda cuando sus bolsillos quedaron vacíos.

Esta nota está referida a un episodio de su vida, episodio que conocí por una amiga que llamaré Selene y que pretendo relatarles en la manera más similar que llegó a mí una calurosa noche de verano en una tienda de antigüedades y remates de Miraflores; la misma que, a duras penas subsistía de la venta de muebles bric à brac más que de antigüedades y de los cada vez menos usuales remates al martillo. 

Aquella noche, una de las tantas que acostumbraba ir a recoger a la hermosa e inteligente Selene (siempre poco antes de la hora de salida), ésta -al ver mi impaciencia por fugar, subir al auto y con las cuatro ventanas abiertas enrumbar a un lejano y romántico lugar de Barranco- quiso interrumpir mi desesperante estado de aburrimiento. En realidad de verdad (como diría mi siempre bien recordada maestra de la Universidad de San Marcos, Dra. Ella Dumbar Temple) no hay peor tortura que esperar a alguien mientras esta trabaja, uno espera y no hay viso que la jornada terminará.

De pronto, un ruido. En ese momento Selene cruzó el dedo índice sobre sus labios y llamándome a un lado apuntó hacia otro salón, en dirección a un menudo hombrecito de unas seis décadas, de terno gris (varias veces volteado por el sastre), cuello pelado y tripilla negra a modo de corbata, el cual daba instrucciones a un camionero respecto al sitio que debía llevar unos muebles viejos. Luego Selene me invitó a la oficina, tomamos asiento y con voz de mando exclamó: ¡Agapito ven!

El hombrecito no tardó en llegar y ella, luego de preguntarle por una par de cosas relacionadas con la sala, de sopetón le pidió que me contara en detalle lo del saco de Sérvulo Gutiérrez. Supongo que Selene pensaría que la anécdota haría más tolerable mi espera. Una especie de comic relief.

Al instante Agapito bajó la cabeza y sus hombros se desinflaron. Su aspecto pálido, vencido, era propio a la de un hombre que acababa de ser despedido de manera intempestiva. Su reacción me sorprendió. ¿Qué secreto iba a revelar el hombrecillo? En verdad no quería oírlo. Odio el dolor ajeno, pero una anécdota sobre Sérvulo bien valía la pena escuchar.

A pesar que su rostro reflejaba un ardiente deseo de no acceder al pedido de la inquisidora patrona, ésta no desistía y entre carcajadas reclamaba que de una vez revelara el incidente entre Sérvulo y él. Era obvio que Selene me estaba sirviendo en bandeja de plata el alma de este pobre hombre, títere en sus manos. Una y otra vez intenté interrumpirla. Deseaba liberar al prójimo de tanto sufrimiento. Pero Selene con voz firme, insistió: Agapito, cuéntale al señor el momento más importante de la historia de tu vida.

Agapito respiró profundamente y lentamente empezó: Hace muchos años. Allá por los finales de la década del cincuenta cuando yo trabajaba en el centro de Lima en una galería de arte como conserje, mensajero y hacía todo lo que fuera menester, entró a la galería el señor Sérvulo dando soplidos a causa del calor de ese día de verano. Tan pronto cruzó el umbral de la galería se quitó el saco, se arremangó la camisa y me pidió que le guardara la prenda. Accedí a su pedido y la colgué detrás de la puerta del cuarto en que se guardaban los utensilios para la limpieza. 

En esa época el señor Sérvulo ya no gozaba de fama. Para muchos era la plaga. El interés por sus cuadros había bajado. Ya no había reconocimiento a su obra. Yo, sin embargo, le tenía estima. Siempre me trato con cordialidad, además éramos de la misma talla, aunque él era un genio y yo no. 

Mientras don Sérvulo hablaba con el administrador de la galería, la contadora me envió al banco a hacer un depósito. La cola en el banco era interminable. Cuando regresé ya don Sérvulo se había retirado y recién a mi hora de salida advertí que el famoso pintor se había llevado mi saco y en su lugar había quedado el suyo. Esa noche la temperatura había bajado, me puse el saco de don Sérvulo y me fui a mi casa. 

Después de una semana apareció don Sérvulo por la galería, llevaba puesto mi saco y un cuadro suyo bajo el brazo. Corrí a su encuentro y le expliqué el malentendido. Sin más, procedimos al intercambio de sacos. De inmediato mis manos rebuscaron en los bolsillos interiores. 

No encontré nada. Corrí hacia don Sérvulo y le dije que no encontraba el billete de diez soles que había dejado en el bolsillo interior izquierdo. El pintor me preguntó si estaba seguro de haber dejado el billete en el saco. Yo le juré que sí. De pronto, para mi sorpresa, don Sérvulo me alcanzó el cuadro que había llevado a la galería y me dijo: Mira, te doy el cuadro y nos olvidamos del billete.

Yo respondí: mejor me da los diez soles. ¿Estás seguro? preguntó don Sérvulo e insistió: piénsalo bien, es un buen cuadro. Pero yo no cambié de parecer. Don Sérvulo se encogió de hombros, metió una mano en el bolsillo del pantalón y me entregó un billete de diez soles.

Entonces, con voz desesperada, intervine en un vano intento por enmendar la decisión: ¡Agapito, acepta el cuadro! Hoy en día un cuadro de Sérvulo vale una fortuna.

Lo sé, señor. Pero en ese entonces mis diez soles me valían más. Yo no quería un cuadro, yo quería mis diez soles.

Volví la mirada a Selene y le pregunté cuánto costaría un Sérvulo de esas características. Sonrió y me dijo: Hace una semana trajeron el mismo cuadro a la galería para su venta y esta mañana lo compraron por cien mil dólares. Aquí está el cheque. Si el bobo de Agapito hubiera aceptado la pintura a cambio de los diez soles, ahora estaría buscando comprar un departamento de lujo en Miraflores, tendría auto nuevo y quizás estaría montando un negocio propio. Selene no demoró en reventar en carcajadas. 

Agapito bajó la cabeza y salió de la oficina. Detrás a pocos pasos le seguí yo. Hace veinte años que no he vuelto a ver a Selene.

                                               
"Los Andes"      
                                                     
                             
                                     Retrato de Doris Gibson                             

                                              
                                  Autorretrato de Sérvulo Gutiérrez           
                              

13 de diciembre de 2010

EL TESTAMENTO DE ALFRED NOBEL



Mucho se ha hablado sobre el testamento de Alfred Nobel, en especial respecto a su voluntad de instituir premios anuales en los campos de las Ciencias Físicas, Química, Fisiología o Medicina, Literatura y la Paz. Con este motivo hemos considerado pertinente reproducir su testamento para que los estudiosos y pretendientes a los premios conozcan e interpreten, mediante esta traducción que consideramos cabal, la voluntad del filántropo sueco.



   Alfred Nobel (1833 - 1896)                                                



"El que suscribe, Alfred Bernhard Nobel, declaro por este medio tras profunda reflexión, que mi última voluntad respecto a los bienes que puedo legar tras mi muerte es la siguiente: 

Se dispondrá como sigue de todo el remanente de la fortuna realizable que deje al morir: el capital, realizado en valores seguros por mis testamentarios, constituirá un fondo cuyo interés se distribuirá anualmente como recompensa a los que, durante el año anterior, hubieran prestado a la humanidad los mayores servicios. El total se dividirá en cinco partes iguales, que se concederán: una a quien, en el ramo de las Ciencias Físicas, haya hecho el descubrimiento o invento más importante; otra a quien lo haya hecho en Química o introducido en ella el mejor perfeccionamiento; la tercera al autor del más importante descubrimiento en Fisiología o Medicina; la cuarta al que haya producido la obra literaria más notable en el sentido del idealismo; por último, la quinta parte a quien haya laborado más y mejor en la obra de la fraternidad de los pueblos, a favor de la supresión o reducción de los ejércitos permanentes, y en pro de la formación y propagación de Congresos por la Paz. 

Los premios de Física y Química serán otorgados por la Academia de Ciencias sueca; los de Fisiología o Medicina por el Instituto Carolino de Estocolmo; los de Literatura por la Academia de Estocolmo y el de la obra por la Paz por una comisión de cinco personas que elegirá el Storthing (Parlamento) noruego. Es mi voluntad expresa que en la concesión de los premios no se tenga en cuenta la nacionalidad, de manera que los obtengan los más dignos, sean o no escandinavos. 

Como ejecutores de estas disposiciones testamentarias designo al señor Ragnar Sohman, con domicilio en Befors, Verlandia, así como al señor Rudolf Lilljequist, con residencia en Malmskildnadsgatan 31, Estocolmo, y Bengtfors en las proximidades de Uddevalla. 


A partir de ahora, es éste el único testamento con valor legal. Con él quedan sin efecto todas las disposiciones testamentarias anteriores que puedan aparecer después de mi muerte. 

París, 27 de noviembre de 1895."


          Alfred Bernhard Nobel

24 de noviembre de 2010

JULIO RAMÓN RIBEYRO: ¿POR QUÉ ESCRIBO?


Busto de Julio Ramón Ribeyro en Av. Pardo, Miraflores.


JULIO RAMÓN RIBEYRO (1929 - 1994) novelista, cuentista, ensayista y dramaturgo fue autor de La palabra del mudo (colección de sus cuentos) y Prosas apátridas entre muchas obras, es con justicia considerado el más importante cuentista peruano y uno de los más destacados escritores de la literatura narradores de hispanoamérica con justicia considerado el más importante cuentista peruano y uno de los más destacados escritores de la literatura hispanoamérica.

Para los que no conocen las motivaciones que indujeron al gran Julio Ramón Ribeyro a tomar la pluma, reproducimos las razones con las palabras del autor.


¿POR QUÉ ESCRIBO?
por Julio Ramón Ribeyro


-- Para deshacerme de ciertas obsesiones y de sentimientos opresivos.

-- Para tratar de dar forma y comprender mejor ideas e intuiciones que me pasan por la cabeza.

-- Para contar algo que merece ser contado.

-- Para crear, sin otro recurso que las palabras, algo que sea bello y duradero.

-- Por una necesidad humana de ser reconocido, apreciado, admirado y – tal vez— amado.

-- Porque me divierte.

-- Porque es lo único que sé hacer más o menos bien.

-- Porque me libera de un cierto sentimiento de culpa inexplicable.

-- Porque me he acostumbrado a hacerlo y porque es para mí, más que una rutina, un vicio.

-- Para que mi experiencia de la vida, así sea pequeña, no sea perdida.

-- Porque el hecho de estar solo frente a mi máquina de escribir y al papel en blanco, me da la ilusión de ser absolutamente libre y poderoso.

-- Para continuar de existir después de muerto, ya sea sobre la forma de un libro, como de una voz que alguien se dé el trabajo de escuchar

-- En cada lector futuro, el escritor renace. 











19 de noviembre de 2010

CUENTO: LA GALERÍA DE ARTE





   


Llevan ya casi dos horas sentados, el uno frente al otro, en la cafetería de la galería de arte, sin pronunciar una sola palabra. Alguna vez fueron amantes, pero la relación amorosa concluyó hace diez años cuando ella aceptó la realidad que él nunca se casaría con ella. Ahora sólo están unidos por el vínculo comercial.


A es dueña de la galería de arte moderno más prestigiosa de la capital. Y es su artista más importante, su engreído de largos años, el que durante décadas ha marcado los precios de venta más altos en el país.


De cuando en cuando cruzan miradas, pero rápido dirigen la atención hacia lugares opuestos. La situación es tensa. Hoy es un día importante, decisivo. En breves minutos se determinará si Y continua como artista exclusivo y principal de la galería o si se va. 


Si Y se va, A pierde poco, pues a diario recibe llamadas de jóvenes artistas que desean trabajar en exclusividad para ella y ofrecen reconocerle comisiones superiores a las que tiene contratadas con Y. 


Desde hace tiempo, A contempla la posibilidad de modificar su lista de artistas preferidos. La clientela ya no muestra interés por los cuadros de Y. Es que Y, desde hace diez años, no se renueva. Preséntanos novedades y te compramos, responden los clientes a los ofrecimientos de la marchand.


Los gastos de la galería suben en espiral y A urge de un artista que le produzca ganancias. En secreto A ha identificado a un candidato, el cual, con la debida promoción, rápido superará los niveles de venta que alguna vez tuvo Y. Pero, a cambio, el nuevo exigirá que Y se retire de la galería. Además, Y debe cerca de cien mil dólares a la galería por pagos a cuenta de futuras ventas. Con ese dinero ha estado viviendo los últimos meses, pero no hay señas de cuándo podrá pagar la deuda. 
Con las manos sudorosas, el artista mira el pesado reloj que cuelga en la pared y comprueba que faltan pocos minutos para las ocho de la noche, hora que la galería cierra las puertas al público, hora en que se decidirá su suerte. Pero, ¿por qué tarda Z? ¿Qué le habrá detenido? ¡Cómo odio A! Con las ventas de mis cuadros levantó la galería, compró un departamento en el barrio más residencial de la capital y ahora que paso por una breve mala racha me quiere desembarcar.


Con la vista fija en la ventana, A piensa en lo harta que está de Y, de sus poses de gran artista creador, de su incapacidad de captar clientes. Gracias a que durante años le he vendido sus cuadros ahora tiene un Porsche Carrera GT, una casa de playa y la casa-taller más importante de todos los artistas sudamericanos. Si no fuera un manirroto tendría una fortuna en el banco y podría retirarse con dignidad. Cuando entenderán los artistas que el éxito no es eterno, que detrás viene la jauría de los jóvenes.
De pronto, cuando el reloj empieza a dar las ocho campanadas, entra Z a la cafetería con un cheque de gerencia en la mano, girado a la orden de galería por cerca de cien mil dólares. Y lo toma y se lo entrega a la marchand. Ésta lo revisa, se pone de pie y mirando a Y le dice: 


--Conforme, tienes un año más para que las ventas aumenten.

--En seis meses tendrás más dinero de lo que puedes guardar en tu caja fuerte. 

--Así espero, responde A con parquedad y se retira de la cafetería.

--¿Supongo que el comprador quedó dichoso con el auto? pregunta Y a Z. 

--A una cuarta parte de su precio, yo diría que dichoso es poco, responde Z. 

--Para antes de fin de año tendré un carro mejor. 



--¿Y si no generas más ventas? Es tu final. En pocos meses tus acreedores habrán tomado tus demás bienes y te habrás quedado en la calle.


Y sonríe, toma a su amigo del brazo y mientras van caminando por la calle con dirección a la casa-taller, el pintor dice: 


--No seas negativo, siento que la inspiración me regresará en cualquier momento.


Atrás, en la galería, A cierra la puerta de su oficina y con otra llave abre la puerta que da a un ambiente privado, al que sólo ella tiene acceso. En el centro de la habitación hay una enorme jaula, de gruesos barrotes, de techo a piso. Adentro está la Musa de Y. 

La vendedora de cuadros mira a la Musa y le dice: 

--Habrá que esperar un año más. Entonces te diré el nombre de tu nuevo protegido.


20 de septiembre de 2010

¿DESAPARECERÁ EL LIBRO DE PAPEL?



Biblioteca de la Real Academia (Madrid, España).       



 Biblioteca de Ocopa - (Junín, Perú).                                                    


En los últimos años el tema de la suerte del libro de papel ha ocupado la atención de editoras, librerías, bibliotecas, distribuidoras de libros, escritores y también de lectores. 

¿Ha llegado el libro de papel a su fin? ¿Es el libro electrónico su sustituto? Al respecto se han escrito muchos artículos. Ninguno, sin embargo, ha llegado a una conclusión definitiva. 

Muchos argumentos se han esgrimido a favor del inevitable triunfo del libro electrónico. Pero lo que no ha sido tratado es respecto a cuáles serán las consecuencias de ese cambio. La ocasión amerita tentar algunas suposiciones.

De primera intención debemos pronosticar el cierre de las bibliotecas públicas, algunas de ellas verdaderas joyas arquitectónicas, y muchas poseedoras de verdaderas joyas del saber humano, que encierran las verdaderas razones que decidieron que el hombre se irguiera y caminara sobre dos pies. La razón que esgrimirán para el cierre de las bibliotecas será su falta de uso. 

En el caso que triunfen los enemigos del libro de papel los estantes de las bibliotecas públicas quedarán vacíos, los libros serán guardados en cajas y estas luego serán guardadas en depósitos o en los sótanos de las otrora bibliotecas. Una alternativa será la cremación de todos los libros, por inútiles, inservibles, anacrónicos. Por algún tiempo las bibliotecas familiares pasarán a la clandestinidad hasta que los hijos o nietos de sus fundadores las entregarán a las autoridades policiales o municipales para su retiro definitivo (¿se acerca Fahrenheit 451?). El argumento será: ¿para qué tener diez mil libros guardados en el hogar cuando un libro electrónico de mínimo tamaño puede conservar en su memoria el contenido de igual o mayor cantidad de libros? 



Biblioteca del Trinity College - (Dublín, Irlanda)                                 


Biblioteca Nacional de Francia (París, Francia).


Biblioteca del Vaticano - Santa Sede   
                           
Biblioteca Nacional del Perú (Lima, Perú).


Library of Congress (Washington DC - USA).

Con el triunfo del libro electrónico, a los lectores que acudan a las bibliotecas públicas les será entregado un libro electrónico (léase: máquina) y el usuario pedirá que en la pantalla de su aparato aparezca el libro de ficción o no ficción que desea para su diversión o investigación. Los estantes habrán sido reducidos y estarán a medio llenar de libros electrónicos. Con el tiempo, la majestuosidad que produce la presencia física del libro de papel, del grosor de sus lomos, parados lado a lado en interminables estanterías habrá desaparecido de la memoria de los hombres.


Estatua de hombre leyendo en la calle.¿Presagio de una realidad inminente?       


Hombre leyendo en la biblioteca.                                                                                 



Ahora veamos el caso del lector que no requiere acudir a la biblioteca, me refiero a aquel que tiene dinero para comprar un aparato electrónico para leer. Con el uso continuo del mismo, éste se rayará, quiñará y con el tiempo adquirirá una presencia desaliñada, indeseable para su propietario. Con el avance continuo de la tecnología, el propietario de un libro electrónico pronto encontrará que su modelo se ha vuelto obsoleto o que ya no fabrican repuestos para su modelo. La vida útil de esta máquina es, desde luego, más breve que la de los libros de papel que pueden seguir prestando servicios durante siglos a distintas generaciones. No olvidemos que también existirá la posibilidad que el libro electrónico adquiera algún virus, que impedirá su uso; cosa impensable para el libro de papel.

Y si el libro electrónico es robado o extraviado, ¿qué le pasará al propietario? Sin duda sentará una denuncia policial y avisará el hecho a la empresa que se lo vendió, pero lo más posible es que no lo vuelva a recuperar y reciba un catálogo con libros electrónicos de última generación. Y, ¿qué pasó con todos los libros que hizo bajar y por los cuales pagó y no llegó a leer? Pues, sin duda habrá perdido su inversión, la cual puede representar una suma importante según el modelo del aparato y la cantidad de libros que bajó.  



                                                   
Libro electrónico en mano de un ser cada vez menos humano.               


Continuamente el tamaño de los distintos modelos de libros electrónicos se irá reduciendo. ¿Acaso no recuerdan los primeros celulares que aparecieron? ¡Tremendos mamotretos! Pero los gustos cambian, cuanto más chico sea el modelo, más atractivo resulta para su comprador; y, desde luego, más fácil será para el ladrón apropiarse de él. 

En cuanto a salud, nos referiremos brevemente al daño que el libro electrónico hace a la vista. La lectura de un número limitado de páginas basta para producir un dolor de cabeza o cansancio de ojos. Hay que tener presente que el esfuerzo requerido para la lectura de un libro electrónico, el cual se realiza sobre una pantalla artificial, producirá una sequedad de ojos. De otro lado, la velocidad de lectura del usuario de un libro de papel, determinará el tiempo y número de páginas que lea por sesión. Es común oír que una persona ha leído, “devorado”, una novela durante un viaje en avión. Esto, sin embargo, aún no se oye en el caso de la lectura de libro electrónico.

De una cosa sí estoy seguro y eso es que Jorge Luis Borges no habría querido vivir en un mundo de libros electrónicos. Yo tampoco.

17 de septiembre de 2010

MANUEL BENTÍN: AL ENCUENTRO DE LA FELICIDAD






                                                                                                                                                                                                        
                                                     



Al encuentro de la felicidad (Ediciones El Virrey) es el título de la última novedad en las librerías limeñas. Nos referimos a la estupenda novela del escritor peruano, Manuel Bentín Diez Canseco. 

Si bien esta es la primera novela de Bentín, el autor no es nuevo en la actividad literaria, pues en 1986 publicó el ameno y sólido libro de cuentos La vida en serio (Mosca azul editores), la misma que mereció amplios elogios en los medios limeños. 

Poseedor de múltiples dones narrativos, Bentín es exigente consigo mismo más allá que el promedio de los buenos escritores. Si ha demorado varios años en completar esta obra es porque para Bentín la literatura es sagrada. Además de ser un lector recalcitrante, Manuel Bentín es un escritor de no sólo la palabra justa sino el dato justo. Es así que el autor recoge con fidelidad el dato histórico y lo expone con verosimilitud y encanto. 

Al encuentro de la felicidad nos brinda la oportunidad de ser testigos de las aventuras, amores y desilusiones de varias familias. La acción ocurre entre Europa y Perú, a finales del siglo XIX hasta la segunda década del siglo XX. Al encuentro de la felicidad es una magnífica novela y merece un lugar de privilegio en la biblioteca más exigente.

La novela ya está a disposición de los lectores de buena literatura y puede ser adquirida en las principales librerías de Lima, tales como: Crisol, El Virrey, Época y La Familia, entre otras. La novela está desarrollada en 567 intensas páginas. El precio es de tan solo S/45.- (cuarenta y cinco nuevos soles).

Finalmente, felicitamos a los señores de Ediciones El Virrey por el cuidado que han tenido en la publicación de la novela cuyo papel y diagramación es de una elegancia pocas veces visto en nuestro medio y que está a la altura del contenido de la obra.

6 de septiembre de 2010

AUGUSTO MONTERROSO: DECÁLOGO DEL ESCRITOR

                                             


                                                                     
                                     
                                                                       


AUGUSTO MONTERROSO (1921 – 2003), narrador guatemalteco fue autor de relatos breves e hiperbreves. Entre sus obras figura La oveja negra y demás fábulas (1969). 


DECÁLOGO DEL ESCRITOR SEGÚN MONTERROSO:
PRIMERO:
Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe siempre.


SEGUNDO:
No escribas nunca para tus contemporáneos, ni mucho menos, como hacen tantos, para tus antepasados. Hazlo para la posteridad, en la cual sin duda serás famoso, pues es bien sabido que la posteridad siempre hace justicia. 


TERCERO:
En ninguna circunstancia olvides el célebre díctum: "En literatura no hay nada escrito".

CUARTO:
Lo que puedas decir con cien palabras dilo con cien palabras; lo que con una, con una. No emplees nunca el término medio; así, jamás escribas nada con cincuenta palabras. 

QUINTO:
Aunque no lo parezca, escribir es un arte; ser escritor es ser un artista, como el artista del trapecio, o el luchador por antonomasia, que es el que lucha con el lenguaje; para esta lucha ejercítate de día y de noche. 

SEXTO:
Aprovecha todas las desventajas, como el insomnio, la prisión, o la pobreza; el primero hizo a Baudelaire, la segunda a Pellico y la tercera a todos tus amigos escritores; evita pues, dormir como Homero, la vida tranquila de un Byron, o ganar tanto como Bloy. 

SÉPTIMO:
No persigas el éxito. El éxito acabó con Cervantes, tan buen novelista hasta el Quijote. Aunque el éxito es siempre inevitable, procúrate un buen fracaso de vez en cuando para que tus amigos se entristezcan. 

OCTAVO:
Fórmate un público inteligente, que se consigue más entre los ricos y los poderosos. De esta manera no te faltarán ni la comprensión ni el estímulo, que emana de estas dos únicas fuentes. 

NOVENO:
Cree en ti, pero no tanto; duda de ti, pero no tanto. Cuando sientas duda, cree; cuando creas, duda. En esto estriba la única verdadera sabiduría que puede acompañar a un escritor. 
DÉCIMO:
Trata de decir las cosas de manera que el lector sienta siempre que en el fondo es tanto o más inteligente que tú. De vez en cuando procura que efectivamente lo sea; pero para lograr eso tendrás que ser más inteligente que él. 

UNDÉCIMO:
No olvides los sentimientos de los lectores. Por lo general es lo mejor que tienen; no como tú, que careces de ellos, pues de otro modo no intentarías meterte en este oficio. 

DUODÉCIMO:
Otra vez el lector. Entre mejor escribas más lectores tendrás; mientras les des obras cada vez más refinadas, un número cada vez mayor apetecerá tus creaciones; si escribes cosas para el montón nunca serás popular y nadie tratará de tocarte el saco en la calle, ni te señalará con el dedo en el supermercado. 


El autor da la opción al escritor de descartar dos de estos enunciados, y quedarse con los restantes diez.

9 de noviembre de 2009

ERNEST HEMINGWAY - DISCURSO DE ACEPTACIÓN DEL PREMIO NOBEL DE LITERATURA 1954





En ausencia de una aceptable versión en español del discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura de 1954 que Ernest Hemingway (1899 - 1961) hizo pronunciar en Estocolmo por intermedio del Embajador de los Estados Unidos en Suecia, debido a que en ese momento se encontraba en Cuba convaleciente, hemos solicitado a Gonzalo Mariátegui que prepare una traducción que refleja el sentir del autor de "El viejo y el mar" y de tantas novelas y memorables cuentos.


" Carente de toda habilidad para pronunciar discursos y sin ningún dominio de la oratoria o la retórica, agradezco a los administradores de la generosidad de Alfred Nobel por este Premio.

Ningún escritor que conoce los grandes escritores que no recibieron el Premio puede aceptarlo a no ser con humildad. No es necesario hacer una lista de estos escritores. Todos los aquí presentes pueden hacer su propia lista de acuerdo a su conocimiento y conciencia.

Me resultaría imposible pedir al Embajador de mi país que lea un discurso en el cual un escritor diga todas las cosas que están en su corazón. Las cosas que un hombre escribe pueden no ser inmediatamente perceptibles, y en esto algunas veces es afortunado; pero eventualmente se vuelven claras y por estas y por el grado de alquimia que posea, perdurará o será olvidado.

Escribir al mejor nivel, es una vida solitaria. Organizaciones para escritores mitigan la soledad del escritor, pero dudo que mejoren su escritura. Crece en estatura pública a medida que se despoja de su soledad y a menudo su trabajo se deteriora. Debido a que realiza su trabajo en soledad y si es un escritor suficientemente bueno cada día deberá enfrentarse a la eternidad o a su ausencia.

Cada libro, para un escritor auténtico, deberá ser un nuevo comienzo donde intentará nuevamente alcanzar algo que está más allá de su alcance. Siempre deberá intentar lograr algo que nunca ha sido hecho o que otros han intentado y han fracasado. Entonces algunas veces -con gran suerte- tendrá éxito.

Cuán fácil resultaría escribir literatura si tan sólo fuera necesario escribir de otra manera lo que ya ha sido bien escrito. Debido a que hemos tenido tantos buenos escritores en el pasado es que un escritor se ve forzado a ir más allá de sus límites, allá donde nadie puede ayudarlo.

Como escritor he hablado demasiado. Un escritor debe escribir lo que tiene que decir y no decirlo. Nuevamente les agradezco."



22 de octubre de 2009

CUENTO: " PAS DE DEUX " DE GONZALO MARIÁTEGUI




Salvo por las zapatillas de ballet, Danitza está desnuda. Y caminando con el candor de una bailarina aún en capullo, se aproxima a la ventana cerrada de la habitación cargada de humedad. Tan pronto sus manos se posan sobre el alféizar cual confiadas palomas, la niña presiona la nariz contra la jironada cortina y con inquietos ojos brunos confirma, desde el segundo piso del edificio en abandono, la soledad del callejón; en la última hora del atardecer.

La niña gira, toma posición y ejecutando una precisa pirueta queda ubicada en el centro del sombrío cuarto; separa los pies; echa la cabeza para atrás; abre las manitas y levanta los brazos, estirándolos hasta doler, como intentando alcanzar el cielo; luego se endereza y sin doblar las rodillas, doce veces toca el piso con las palmas.

Danitza toma aire y dando otro armonioso salto desciende sobre el borde del camastro solitario. Tan pronto los flejes cesan de crujir, apoya las yemas de los dedos sobre las rodillas y empieza a recitar sus versos favoritos en un esfuerzo por encontrar algún pliegue en el tiempo que le brinde refugio. Pero cuando una lágrima desborda y empieza a quemar su cobriza mejilla, la pequeña, de ligera pisada, corre hacia el baño. Entra, enciende la luz, corre el pestillo y a través de la niebla de sus ojos acuosos observa cómo tiembla su imagen en el espejo de cuerpo entero.

Con ojos y manos, y sin cesar de girar en puntas, Danitza comprueba en el reflejo del vidrio plateado la fuerza de sus piernas; la delgadez de su cuerpo; la dureza de sus largos brazos; la firmeza de sus nalgas; la precoz insinuación de senos; el magenta natural de sus labios; y el fulgor de su cabellera negra azul que le cae hasta la cintura. 

La niña se detiene; acuna los brazos como quien sostiene un ramo de rosas y sonriente, mirándose en la pecosa superficie del espejo que de manera lenta empieza a oscurecer, inclina la cabeza una y otra vez para agradecer los aplausos de su público.

De pronto, coces a la puerta.

— Danitza, abre — apremia con porfía don Eber, el sastre del barrio: el de rostro grisáceo, surcado de arrugas; el de ojos encapotados; el de garras áridas, venosas, callosas; el de uñas gruesas, opacas, filudas; el de aliento a aguardiente.

La puerta cede, una senda de luz se proyecta del baño tiñendo el piso de la húmeda habitación y Danitza - cabizbaja, con los brazos laxos a los costados - lentamente hace su ingreso en puntas.

— Aquí tienes para tus clases de baile — dice el sastre, de pie, desnudo, en tercera posición de ballet, brazo izquierdo arqueado en alto sobre la cabeza y el otro extendido hacia el flanco derecho a la altura del hombro, mientras, desde el hueco de esta mano, rugosos billetes caen al piso —. Yo siempre cumplo mi palabra.

— Yo también — contesta la niña, entre castañeteo de dientes; enhiesta, con el cuerpo empapado en sudor. 


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Nota 1: La ilustración corresponde a diferentes tomas de la escultura de Edgar Degas (1834-1917), titulada Petite danseuse de 14 ans [Pequeña bailarina de 14 años].

Nota 2: En Youtube figura la lectura del cuento Pas de deux por Gonzalo Mariátegui.