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7 de noviembre de 2009

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ - DISCURSO DE ACEPTACIÓN DEL PREMIO NOBEL DE LITERATURA 1982








Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.

Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonio más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. El Dorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la eterna juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.

La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.

Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. En este lapso ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi los 120 mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 mil muertes violentas en cuatro años.

De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 10 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América latina, tendría una población más numerosa que Noruega.

Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de la Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual éste colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.

Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construir su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aún en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa con soldados de fortuna. Aún en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.

No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos haría sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.

América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental.

No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.

Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.

Un día como el de hoy, mi maestro William Faullkner dijo en este lugar: "Me niego a admitir el fin del hombre". No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.

Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor. Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido.

Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.

En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía.

Muchas gracias.

28 de octubre de 2009

LAS CASAS EDITORIALES Y SUS CONCURSOS LITERARIOS



Una pregunta suelta. ¿Qué daño le hace a las editoriales internacionales que año tras año convocan a concursos literarios indicar al público quienes ocuparon los primeros cinco o diez puestos? Es de suponer que cuando participan 300 y con mayor razón más de 500 novelas, deben haber algunas que son rescatables y merecen ser publicadas si no por la editorial convocadora entonces por otra.

¿Qué hay de malo en esto? Tal vez sin quererlo le hagan una gran bien a la literatura. Vamos, señores, no sean mezquinos. No todo es dinero, ¿eh? No todo es obtener pingües ganancias de la venta de centenares de miles de textos escolares (matemáticas, historia etc.) a los ministerios de educación de los países latinoamericanos. Quizás, algún día, ese tercerón o décimo finalista acudirá a ustedes con una novela que además de tener calidad literaria se venda como helado en El Sahara. Piénsenlo, señores editoriales. Les conviene.

Ahora, si es verdad aquel rumor que los jurados sólo leen una novela -la ganadora- entonces esta invocación habrá sido en vano: tiempo perdido para los ingenuos que año tras año acudimos a sus convocatorias.

18 de junio de 2009

IRENE NÉMIROSKY



Llevado por su apasionada afición por el arte y por la literatura en particular, mi buen amigo Gonzalo ha tenido a bien comunicarme que ha creado un "blog" literario y cordialmente me invita a participar. Con mucho gusto correspondo a esta iniciativa entusiasta.

Gonzalo, para quienes no lo conocen, tiene el don de contar en el momento oportuno sabrosas anécdotas e historias sobre personajes relacionados con el mundo del arte, algunas de ellas risueñas y otras conmovedoras. Aquí le hago llegar una que me atrevería a calificar de patética y bárbara, relacionada con el "egoísmo" que tienen programados los hombres como marca de fábrica y que desdice el término "humanidad" creado por Cicerón para diferenciarnos de los animales por nuestros altos valores espirituales. MANUEL BENTÍN D. C.



Este artículo es una colaboración de mi amigo Manuel Bentín Diez Canseco.





Irene Némirosky (1903-1942) hija única, escritora rusa ("Le Matin", "Les Oeuvres Libres", "L'Enfant Genial", "Le Vin de Solitud", "El Baile", "Los Perros y Los Lobos", "David Golder", "Suite Frances" y otras), consagrada como una de las escritoras de mayor prestigio en Francia, elogiada por la intelectualidad más representativa de su tiempo, premiada y traducida a más de una veintena de idiomas, nació en Kiev, hija de León Némirosky, miembro de la comunidad judía, hombre de mundo, viajero impenitente, quien prosperó como comerciante y luego incursionó en las finanzas hasta convertirse en uno de los hombres más ricos de Rusia, manteniendo mansiones y palacios en San Petersburgo, Moscú, en el campo, París y en los balnearios de moda en la Costa Azul. La madre de Irene, Fanny, con raíces judías y cristianas, era una de las bellezas más codiciadas por los mejores partidos de la época. León Némirosky con su arrolladura personalidad e inmensa fortuna terminó conquistándola y desde ese momento le hizo realidad sin límites sus comodidades, lujos, caprichos y sueños.


Al año de matrimonio, muy a su disgusto, Fanny salió embarazada y dio a luz a Irene con el solo propósito de complacer a su acaudalado marido, pues consideraba que la rolliza preñez era la primera señal del declive de la feminidad. Irene fue confiada a los cuidados de una institutriz francesa y recibió las enseñanzas de excelentes preceptores que le permitieron hablar fluidamente en seis idiomas, en una vorágine de constantes viajes y las prolongadas ausencias, de sus padres. Fanny, siempre en competencia con otras mujeres, veía con horror las arrugas que le comenzaban aparecer en su rostro y la convertirían muy pronto en una mujer que tendría que recurrir a desvergonzados gigolós. Abrumada por esa realidad y para demostrarse que aun seguía siendo joven, obligaba a una Irene adolescente a vestirse y peinarse como una pequeña colegiala. Irene, disfrutando de un alto nivel de vida y abandonada a su suerte, se refugió en la lectura. De compromiso en compromiso, Fanny se fue desentendiendo cada vez más de su hija hasta llegar al punto de casi no verla. En 1918, luego del estallido de la Revolución de Octubre -y un prolongado periodo de violencia, los bolcheviques pusieron precio a la cabeza de León Némirosky, por lo que la familia se vio obligada a huir por la frontera de Finlandia, de allí saltaron a Suecia y luego de diversas peripecias se instalaron en París. En Francia, con el tesón que lo caracterizaba, León Némirosky puso en orden sus finanzas, las encauso, reconstituyó su fortuna, la multiplicó por cien y diversificó sus inversiones, por lo que la vida dorada les seguiría sonriendo. Irene se matriculó en La Sorbona y obtuvo su licenciatura en Letras con honores, despertando en ella una vocación a tiempo completo y poco a poco le comenzarían a llegar los altos reconocimientos. León y Fanny llevaban la vida rutilante de los-grandes multimillonarios europeos: reuniones de negocios, veladas mundanas, suntuosos bailes, veraneos de lujo y con las estaciones abriendo y cerrando casas. Irene se casa con Michel Epstein, un miembro de su raza, apoderado de un importante Banco y quien desde un comienzo la apoya decididamente en sus aficiones. Al poco tiempo les nace Denise y unos años después Elisabeth, los encuentros con la abuela son distantes y protocolares. Tras una década marcada por un antisemitismo violento y en el contexto de la psicosis de guerra de 1939 muere León Némirosky, y Fanny e Irene heredan una inmensa fortuna. Fanny sigue estrechando sus relaciones con la buena sociedad francesa, rodeándose de personajes influyentes y tomando distancia con una comunidad a la que no siente suya, mientras Irene, pese a su notoriedad y haberse convertido al cristianismo, se desentiende de la amenaza eminente con el primer estatuto contra los judíos y no logra conseguir la nacionalidad francesa. Se produce la ocupación alemana y ,se promulga la ley sobre "los ciudadanos extranjeros de raza judía", esto es: arresto, confiscación de bienes y deportación.

COLOFÓN


Durante 1941 y comienzos de 1942 Irene Némirosky y su marido Michel sufren el oprobio de llevar prendidas la estrella amarilla, ella no se amilana y sigue escribiendo. Los judíos huyen, se guarecen y las familias espoleadas por el miedo se distancian. Irene es detenida el 13 de julio, cuatro días después deportada a Auschwitz y el 17 de agosto es asesinada. Michel, que ignora la suerte de su mujer, exige a las autoridades noticias sobre su paradero y toma disposiciones para intentar proteger a sus hijas menores, Denise y Elisabeth. Michel es arrestado el 14 de octubre, el 6 de noviembre es deportado a Auschwitz y ejecutado al llegar.

La fiel aya de Denise y Elisabeth comprende que los bienes de sus padres han sido confiscados y ya no hay dinero para sobornar-a nadie. En común acuerdo con la directora de la escuela municipal esconden a las niñas en un falso saliente de la capilla, por lo que a pesar de la búsqueda intensiva de los gendarmes no logran encontrarlas. Son concientes que la orden de captura y deportación que pesa sobre ellas se ha extendido por toda Francia. Con riesgo personal la aya tiene la presencia de ánimo de descoser la estrella amarilla de sus prendas y, a salto de mata, de escondite en escondite, cruzan clandestinamente el territorio, pasan varios meses en un convento, luego en sótanos en la región de Burdeos y después de prolongadas angustias se produce la liberación de Francia. Las niñas, ante la confirmación de las autoridades, pierden toda esperanza de volver a ver a sus padres. La aya las convence para emprender el camino de regreso y reunirse con su abuela Fanny.

Después de unas agotadoras jornadas en tren y una larguísima caminata desde la estación de Niza logran avistar, en medio de frondosos árboles, la imponente villa amurallada de la abuela Fanny. Dan un rodeo y al lado del portón jalan una cadena que hace sonar una campana. A través de una mirilla el guardián les hace saber que madame Némirosky no tiene familiares. La aya insiste y por toda respuesta se cierra la mirilla. La mujer se aferra a la campana y toca sin desmayo, no ceja en su empeño mientras las niñas aguardan desconcertadas. Después de un largo rato se oye del otro lado una voz indignada de mujer: "¡¿Qué pasa...Qué pasa?!". La aya reconoce la voz de madame Fanny y le hace saber que esta con sus nietas, que necesitan su ayuda. "¡¿Cómo...cómo?!" contesta exasperada, enervada, firme en el propósito de no abrir las puertas. Cuando la aya le confirmó que sus padres habían muerto, les respondió con mayor énfasis que si sus padres habían muerto deberían dirigirse a un orfanato.

Madame Fanny Némirosky murió a la edad de 102 años en su estupendo piso de la avenue President Wilson en París.



26 de mayo de 2009

LOS HERMANOS GONCOURT Y LA PASIÓN DE ESCRIBIR








Edmond y Jules Goncourt, escritores franceses del siglo XIX se hicieron famosos por la perfección de su colaboración, la originalidad de sus métodos y el acabado de su estilo. Hasta la muerte de Jules en 1870 todo lo que escribieron para el público llevó sus dos nombres y tan idénticos fueron sus gustos y juicio que resulta imposible señalar una sola frase como producto exclusivo de uno o de otro. A continuación ofrecemos un extracto del “Diario” de los hermanos de Goncourt. La traducción corresponde a Gonzalo Mariátegui, tomado del Columbia University Course in Literature (Romance and Realism in Modern France), tomo VII, 1928.


La génesis de un libro

13 de julio (1862). El dolor, la agonía, la tortura de una vida literaria consiste en dar a luz ideas. Concebir, crear: en estas dos palabras reside para el hombre de letras un mundo de esfuerzos dolorosos y de angustia. De aquella nada, de aquel embrión rudimentario que es la primera idea de un libro, sacar el punctum sapiens (punto sobresaliente), extraer uno a uno de tu cabeza los incidentes de una historia ficticia, las líneas de los personajes, la trama, el dénouement –la vida de todo este pequeño mundo animado por ti mismo, que brota de tus entrañas, que compone una novela. ¡Qué tal labor! Es como una hoja de papel en blanco que puedes tener en tu cabeza y sobre el cual tu pensamiento, aún no formado, ha garabateado una vaga e ilegible escritura. Y entonces las melancólicas fatigas, y las infinitas desesperanzas, y la vergüenza al encontrarte impotente en tu ambición de crear. Retuerces tu cerebro: suena vacío. Sientes que tu mano pasa sobre algo muerto, lo cual es tu imaginación. Te dices a ti mismo que no puedes hacer nada; que ya no harás más. Te sientes como si estuvieras vacío.

Sin embargo la idea está ahí, atractiva e inalcanzable, como una bella y malvada hada escondida detrás de una nube. Azotas tu pensamiento en dirección del rastro; provocas el insomnio de manera que las fiebres de la noche puedan atraer algún descubrimiento feliz; te concentras en un solo objeto y estiras todas las cuerdas de tu cerebro hasta el punto en que van a reventar. Algo se te aparece por un momento, luego huye, y caes de espaldas más destrozado que víctima de un extenuante ataque de nervio… ¡Oh! Encontrarse buscando torpemente de esta manera, en la noche de la imaginación, en torno al alma de un libro, y descubrir nada, consumir las horas, buscando a tientas, descender dentro de ti mismo y emerger sin nada, encontrarte entre el último libro que trajiste al mundo, cuyo cordón umbilical ha sido cortado, y que ahora ya nada significa para ti, y el libro al cual no puedes dar carne y hueso – estar en labor a cambio de nada: esos son días horribles para el hombre de pensamiento e imaginación.

En tal estado de ansiedad hemos estado estos últimos días. A la larga los primeros bosquejos, el vago apunte al carbón de nuestra novela de la joven burguesía (“Renée Mauperin”), se nos aparecieron esta noche.

Ocurrió cuando paseábamos detrás de la casa por la callejuela que parece sofocada entre los altos muros de los jardines. Un soplo de viento murmuró entre las crestas de los altos lamos. La puesta del sol iluminó a la distancia los pastos verdes con una indefinible y cálida neblina. A mi izquierda la cresta de castaños del Vieille-Hall (Viejo Mercado) despuntó en negro, con las últimas hojas perfiladas contra el oro pálido de la tarde… Produjo el mismo extraño efecto que el paisaje de Laberge, titulado “Tarde”, que cuelga en el Louvre – perfilando la noche negra de los árboles, y destacando la silueta de sus hojas de ébano contra un cielo lleno de una infinita luz, de una esplendidez moribunda.

Los libros tienen sus cunas.

15 de mayo de 2009

NUSTRA RAZÓN DE SER
Este blog se propone ser un mirador desde el cual daremos a conocer nuestro parecer sobre temas relacionados con el mundo de la literatura, las artes plásticas, las artes escénicas, el cine y nuestra sociedad en general. Nos proponemos destacar aquello que merece éxito y reconocimiento. De otro lado, en el desempeño de nuestra tarea no nos haremos cómplices de aquello que - a pesar de contar con poderosos padrinos - a nuestro parecer no alcanza nota aprobatoria.

Siete Jeringas no pertenece a ninguna argolla y a todas las rechaza; tampoco tiene ahijados ni desea tenerlos; y, finalmente, declara que no pretende ser dueño de la verdad.