Demoré mucho en decidirme a leer la novela “El cojo y el loco” de Jaime Bayly y cuando por fin resolví hacerlo -pues nunca antes había leído una de sus novelas- me encontré con la sorpresa que en librerías costaba la suma de treinta y cinco soles.
Escandalizado cual solterona de mediados del siglo XX que por primera vez descubre la herramienta de su sobrino me retiré del local y me dije que no había perdido nada importante.
Pero el Destino es un viejo mañoso y cuando regresaba a mi vetusto departamento del aristocrático distrito de San Isidro decidido a leer cualquier otra novela me salió al paso un vendedor pirata que me ofreció un ejemplar del libro a solo diez soles.
El rostro del pirata reflejaba hambre y cansancio y con fingida indiferencia le ofrecí ocho soles. El hombrecillo aceptó al toque. Pues es bien conocido por filósofos y legos que cuando las tripas suenan no hay dialéctica que valga. Y así fue que en dos días terminé de leer la última entrega de Jaime Bayly Letts.
Cómodamente sentado en la bergere de mi sala e imbuido de todos los prejuicios, habidos y por haber,por los dizque literati, me lancé a la tarea de descubrir qué había en la "cabecita" del "escritor" Bayly.
A medida que entraba en la trama de las dos historias paralelas, de Bobby y Pancho, admito que no podía soltar el libro. La trama es de primera, aunque tiene algunos momentos muertos. Pero, en resumen, es una novela que entretiene y eso es lo fundamental. Y esto se debe a que Bayly tiene esquina.
Jaime Bayly alcanza su pináculo narrativo cuando describe la violación de Dorita por Bobby. El lector sufre cuando el cojo miserable con artimañas sube a la angelical y confiada Dorita a la suite presidencial del Hotel Country Club donde con toda su maldad viola sus dos virginidades. La expectativa alcanza ribetes Hitchcokianas: la confiada víctima no tiene idea de lo que se le espera, pero el lector sí, el lector sí. La descripción es angustiante, es real, es terrible, la acción lentamente va in crescendo. De pronto me encuentro gritando: “No subas, Dorita. El cojo es una mierda.Te va a tirar.”
Si de violaciones se trata, considero que la escena relatada por Bayly es mucho más lograda que el momento que el dictador Trujillo viola a la joven Urania en “La fiesta del chivo” de Mario Vargas Llosa. Porque, “en realidad de verdad” como diría mi recordada maestra sanmarquina Ella Dumbar Temple, don Mario no logra describir todo el terror que una joven adolescente de los años cincuenta debió vivir al sentir que un viejo sátiro se le encaramaba. A Vargas Llosa se le escapó la paloma. Pero, en el caso de Bayly, Bobby le da a la paloma entre los ojos de un solo tiro. ¡Bravo Bayly!
El gran aporte de Bayly a la literatura peruana es haber creado a dos hijos-de-la-gran-puta, miserables, perversos, semillas de maldad que hacen lo que les da la puta gana. No recuerdo a dos malditos iguales a los de Bayly en la literatura hispanoamericana.
La pregunta que queda pendiente es si Bayly mantendrá firme su oferta de firmar hasta los ejemplares piratas de “El cojo y el loco.” Tal vez un día me encuentre a Bayly y autografíe mi ejemplar filibustero, luego con un poco de suerte me encontraré con el corsario que me lo vendió y se lo vendo en nueve soles, pues ya tiene valor agregado. Me gano un sol y él otro tanto. Bayly se habrá ganado otro lector (yo) que desde ya me comprometo a que si me saco un terminal de la Tinka compraré otro ejemplar de su próximo novela (versión pirata) y así seguiré al infinito, porque los precios de los libros en librerías no tienen para cuando bajar.